Hoy sali a hacer unas diligencias en mi hora de almuerzo y aproveché que la mayoría de mis mandados estaban en un centro comercial, realizarlas y luego comer en el "food court" del lugar. Sentado en la mesa comencé a comer mientras intentaba revisar algunos correos en mi teléfono, y me percaté de algo bien curioso: Tanto yo como la mayoría de los comensales tenían la comida en una mano y el teléfono celular en la otra. La pareja de novios de la mesa de al lado eran sumamente callados, porque sus miradas estaban vacías y perdidas en sus Blackberry. El grupo de amigos de al fondo eran cuatro maniobrando el teléfono continuamente y uno intentando establecer conversación con el resto. El detalle curioso se extendió luego a mis demás alrededores: vi que la mayoría de personas caminando en los pasillos del centro comercial tenían ocupada una mano especificamente para ese aparato que los mantiene conectados al "mundo". Ironía es que ellos suponen estar "conectados" a SU mundo, pero al mundo que los rodea son esencialmente zombies tecnológicos. Yo conozco de esto porque lo acepto: soy un "geek" adicto a la tecnología y los gadgets. Muchas veces me pierdo en estos aparatitos por largas horas, que si no fuese porque conscientemente les ponen batería de duración intermedia, podría seguir horas perdiendo el tiempo presionando teclas minúsculas y forzando mi vista para enfocar las imágenes que aparecen en la pantallita de pulgada y media. Recuerdo hace algunos años atrás existía la leyenda urbana del tráfico de órganos, en la cual a uno lo intoxicaban con una droga en cualquier bar o antro, para luego llevarlo a una tina con hielo y extraerle los órganos solicitados estílo Rambo. Leyenda o como fuese, aprendimos a valorar nuestros órganos y tomar las medidas correspondientes para que no fueramos parte de este tipo de historias. Pero llegamos al siglo XXI y ahora el tráfico de órganos pasó a ser una demanda más selectiva de otra cosa que parecería ser una parte esencial de nuestras vidas: el celular.Las últimas estadísticas indican que solamente en Guatemala hay 22 millones de aparatos telefónicos. Viendo esto de otro modo, equivale a un celular y medio por habitante. Probablemente sea una cifra inexacta pero viendo como se comporta el ciudadano común con respecto a su teléfono celular, es muy posible que sea cierto. Es tan común ver a chiquillos que ni siquiera saben montar bicicleta, pero dominan estos aparatejos como si hubieran nacido con ellos. Y tienen uno porque sus padres consideran que es una "necesidad" para comunicarse con ellos. Luego vienen los adolescentes que se pierden de su "bella pubertad" hipnotizados en estos aparatos, teniendo conversaciones con sus amistades que se encuentran sentados en la misma mesa, o viven en la casa de al lado, o van a su mismo colegio, que se yo. El portero de la colonia tiene uno, así como el cuida carros en las noches de la Zona Viva.
Hasta el chiclero de la esquina (sin subestimar su trabajo como tal) tiene uno, y vende las respectivas tarjetas de recargo más que lo que se venden cigarros o dulces. Incluso, vayan a cualquier concierto de música contemporanea, sea rock o sea electrónica, y en lugar de sacar los clásicos encendedores, ahora se ven millones de pantallitas blancas que cunden el estadio, grabando la música de los artistas en vivo. En fin, podría nombrar mil formas más que estos aparatos han llegado a convertirse básicamente en el centro de nuestras vidas, o que de una forma u otra, lo que antes era "creativo" ahora ya lo hace el mismo celular. Lo peor de todo es la codependencia a este aparatejo es tan fuerte, que estoy segurísimo ya los psicologos y psiquiatras han tenido que ingeniarselas para tener tratamientos especiales para estos casos. Y es una codependencia tan fuerte que ha causado que este aparato llegue al nivel de adicción tanto como las drogas y/o el alcoholismo. Los criminales, sabiendo que la codependencia significa una demanda por más, han optado por ser mercenarios de centavos por abastecer necesidades de otros que no pueden costearse un Blackberry o un iPhone. El modo de operación es sencillo: dos tipos en motocicleta circulan las calles viendo sus víctimas potenciales hasta encontrar la mercancía correcta; llegan con la víctima y bajo una terrible intimidación de lenguaje crudo y grosero y una pistola que, ante los ojos de la víctima se ve como un cañón de guerra, lo despojan a uno de su aparatito codependiente. Si tienen suerte, conservan su vida. Luego, los ex-codependientes no pueden dejar por un lado esta necesidad electrónica y en lugar de presentar su respectiva denuncia con las autoridades correspondientes, por temor a represalias y porque saben que no habrá seguimiento para recobrar dicho aparato, van con la cabeza agachada nuevamente a una tienda a pagar el altísimo deducible y reciben un aparato similar al que tenían anteriormente. Sin duda alguna, algo se ve muy mal en todo esto que detallo, y es que principalmente hemos llegado a ser personas en las cuales nuestra identidad la gobierna un pinche aparatejo que contiene en esencia toda nuestra vida personal. Y este pinche aparatejo ha sido incluso el objeto principal de que las familias dejen de tener una conversación amena entre padres e hijos durante la cena, o bien tener una velada tranquila y romántica entre amantes, e incluso ser el verdugo de nuestra efímera vida en las manos de un delincuente que sabe exactamente lo que tenemos, y nos lo arrebata sin piedad, y de paso, la vida también. Es un vicio silencioso y cotidiano al que no le prestamos atención alguna, como vicio, claro. El hombre ya no es romántico "chapado a la antigua", ni desgraciado "chapado a la antigua"; las parejas se hacen novios por mensajes de texto y luego se mandan a la chingada por el mismo medio. La fantasía de la imaginación ya no existe; ahora todo es "sexting" y fotos autoeróticas tomadas con la cámara del celular. Las conversaciones entre padres e hijos para acercarlos sentimentalmente se hace por microondas. La era digital está consumiendo poco a poco lo que una vez nos hacía tan humanos, y eso a mi me aterra. Yo honestamente no quiero tener hijos a los cuales tenga que reprimir o felicitar por un mensaje de texto. Ni tener amigos que nunca les veo la cara pero siempre los veo conectados en el chat. Yo no quiero que me cieguen la vida por un aparato electrónico. Yo no quiero perderme amaneceres ni atardeceres por estar pendiente de una conversación entre personas que frecuentemente me encuentro cara a cara en mis dias cotidianos. Yo quiero ser humano antiguo y cotidiano. Porque llegará el día en que esta tecnología que tanto apreciamos, nos quitará la esencia de ser nosotros mismos, y cambiaremos nuestro nombre a un código hexadecimal de 8 caracteres para identificarnos con un mundo el cual siempre nos verá "online", pero ante los verdaderos ojos de los que nos rodean estaremos "offline". Asi que apaguen esa su mierda, si quieren realmente ser humanos felices. De lo contrario, sigan exhibidos en su brutal adicción, y aténgase a las consecuencias.
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