Que difícil es despedirse. Difícil es verse a los ojos y no saber si un "Hasta pronto" o un "Adiós" es más conveniente. Difícil es elegir entre quedarse y hacerle huevos, o irse y jugársela en territorio desconocido. Hoy más que nunca entiendo a aquellos que toman sus maletas para irse al norte, y déjenme decirles que vivirlo del lado del que se va, no es para nada fácil.
Al principio comienza como una idea, un concepto. Comienza con rehusarse a aceptar esas frases conocidas de "es lo que hay" y "no queda de otra". Se vive diariamente desde que pones pie en la calle, donde tu incertidumbre de saber si regresarás a tu casa es lo primero que se viene a la mente. Luego está el camino complicado, donde las oportunidades laborales son tan escasas y mientras tu interior dice "yo soy mejor que esto", tu exterior te dicta normas laborales completamente distintas. Cambias el sueño de una vida próspera por una realidad de salario que paga poco y exige mucho. Luego escuchas de alguien que su primo / tío / hermano le está yendo bien "en el Norte". Te convences que estás desperdiciado, que tu talento es de pocos, que la vida se te va entre la hipoteca, la extorsión académica que cobran por la educación de tus hijos, las cuentas exageradas de los hospitales, y, y, y... ¡Basta! Cambias tu pensamiento, indagas, te involucras, te avientas. Y te sale.
Aquí entra el conflicto interior, porque no estás solo. Tal vez muy independiente, pero de tus frutos se alimentan tus hijos y tu pareja. "Es temporal", te dices a ti mismo. Mientras pasan los días te cruzas con gente que te admira, otros que te envidian, y otros que desconfían. Y luego llega la fecha, en que te detienes en frío y sabes que la decisión que has tomado no tiene retorno.
El último día, te levantas muy temprano y te das cuenta que desde tu ventana nace un sol bellísimo, que ilumina las nubes de un color naranja tornasol. Vas a la habitación de tus hijos, que duermen como un par de angelitos. Cuando se despiertan, te enamoran con la mirada y te derriten con la sonrisa, y escuchas como cada vez que te hablan, lo hacen con el corazón lleno de orgullo. Tu pareja luce radiante, como si fuera la primera vez que la vieras. Transcurre el día y comienzan las tristes despedidas. Comienza a desfilar gente que llega a darte un abrazo y a decirte cuánto te quieren y te admiran, y te das cuenta que no estás listo para dejarlos. Pero ya es tarde para ello, tu futuro está en otro lado, lo ha estado siempre desde el momento que decides partir.
Tratar de explicarle a tus hijos pequeños que te irás a un largo viaje es confuso. Inventas alguna fantasía para alivianar el pesar. Pero sabes que dentro de ti, te van a hacer falta esos bracitos rodeando tu cuello en un abrazo inocente. También te van a hacer falta los besos de tu pareja, la forma como discuten sin sentido y se ríen sin sentido también. Te hará falta la comida casera que solo tu abuela sabe hacer, las horas de sala con tus padres. Te harán falta tus familiares y amigos, que aunque muy frecuentes o esporádicos que se reunieran, siempre estaban allí para darte hermandad. Te hará falta tanto, que luego te preguntarás si realmente pensaste que tan poco de lo que había aquí y tanto de lo que había allá, ahora es al revés.
Yo estoy en esos zapatos, esa es mi vida ahora. Decidí irme porque el Norte me promete algo mejor, y debo dar lo mejor de mi para lograr el éxito, pero no me quita ni me disminuye el hecho, que cuando realmente te vas de tu país, es como soltarte de la rama de la que cuelgas, a ver de que lado caes, esperando que sea el mejor.
No hay que juzgar al que se va, porque su destino es ese. Tampoco hay que juzgar al que se queda, porque las oportunidades son subjetivas. Solo sé que entre aquí y allá hay un intermedio, donde uno define la razón entre ser y estar.
Los dejo con una frase que fue tan casual encontrármela en un elevador, como tan precisa para definir el sentido de la vida:
La eternidad está en tus manos. Vive de tal manera que cuando te vayas, mucho de ti quede aun en aquellos que tuvieron la dicha de conocerte.
Hasta pronto, hermanos paisanos.