martes, 14 de mayo de 2013

Pese a lo mismo, pesimismo.

Me canso constantemente de tratar de ver el lado bueno de una nación que la parte "mala" juega un papel enraizado hasta lo más profundo de sus habitantes. De verdad que es agotador tener que asimilar el hecho que la violencia en mi país es la que primero despierta antes que el resto del mundo. Las agenda del día de muchos incluye probablemente sacar el malestar con la siguiente persona que se permita detonar la bomba que viene latente en la amargura de muchos. Es un enojo incesante, que llevan todos, por acomodarse a aceptar las cosas por sentado, sin dialogarlas ni debatirlas con coherencia. Más bien, buscan la discusión con la intención de empuñar las manos y soñar reventar un par de dientes ajenos con ellas.

Atravesar un carro a medio tráfico, sin medir las consecuencias. hacer comentarios despectivos respecto a sus compatriotas por sentirse incómodos de su presencia en lugares públicos. Son pequeñas chispas que encienden mechas, de una enorme montaña de dinamita que somos todos nosotros. Y luego nos vamos encima de esas mismas personas, por sentirnos idiotamente aludidos a algo que ni siquiera somos partícipes de.

Las redes sociales hoy en día se prestan para ser un psicólogo "a la carta" de todos, con la leve diferencia que además de ser gratis, la respuesta que se recibe probablemente ni sea profesional, ni pensada analíticamente, ni concluyente. Los medios de noticias se han vuelto más como aquella señora de barrio que dispersa rumores con saña, esperando ver la reacción del vecindario, y el problema es que el vecindario ya viene cargado de odio e ira.

Me aburre a veces, la forma como se castigan unos a otros con prejuicios. Es un vaivén de no acabar, donde el descargo emocional de una persona, resulta siendo el látigo discriminatorio de otra. Y luego se forman grupos, donde incluso algunos se unen solo para no sentirse excluidos  sin entender realmente cuál es el propósito de la discusión. Lo que ya en su momento dejó escrita la historia, y los supuestos perdones que se tuvieron que dar para permitir avanzar a ser más civilizados, cada vez se desvanecen más en las nuevas generaciones, que vienen con pesimismo arrastrando al futuro. Decepciona que los ideales y las condenas valgan más que la empatía y el perdón. Claro, hay más profundidad a algunos temas, pero la esencia es querer intentar cambiar, incluso no intentar, HACERLO.

Pero luego pienso en mi familia, en mis futuros hijos, en mi vida. Pienso en lo agradable que sería poder compartir un "buenos días" sin tener una mala mirada. Pienso en lo emocionante que es ver a un niño sonreír con un regalo de la nada. O hacer un buen gesto que cause impresión en otra persona. Pienso en que sería realmente medirnos todos con la misma regla, y no permitir que nadie se quede por debajo de ella. Me pregunto ¿Valdrá la pena tener esperanza en algo que suena tan fácil pero es inmensamente difícil de realizar?

Entonces digo ¿Por qué no intentamos mejor pasar a otro plano superior, donde lo que se hable ya no suene trillado, donde no se busque solucionar las paradojas ni desacordar los acuerdos? Si uno dice "asesino" y el otro dice "mártir", si uno dice "prisionero" y el otro dice "libre", debe existir dentro del torcido intermedio un ideal que nos una en una misma conclusión, que nos permita simplemente aceptar nuestras diferencias y estar bien. Porque mientras no comencemos a comprender el lado ajeno, donde es vago nuestro conocimiento, y a dejar de dar por sentado lo que nuestra historia ha escrito por nosotros, siempre encontraremos un enorme abismo de indiferencia que nos situará más lejos unos de otros. Esa es la enfermedad que nos segrega: el querer tomar bandos, sin comprender que compartimos el mismo país y la misma tierra, que respiramos el mismo oxigeno y vivimos en el mismo planeta.

Porque lo más difícil en este mundo es aceptar que al apuntar con un dedo al culpable ajeno,  con tres dedos en contra nos hacemos culpables tres veces a nosotros mismos.

Acerquémonos cada uno a quienes más tememos y odiamos, desnudando nuestras caparazones y viendo más allá del color de piel que nos recubre, de las heridas que nos indignan, de las culturas que nos encasillan. Al final, carne y hueso, somos hombres y mujeres. Somos todos, solo uno.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Entre dos puntos

La vida es una eternidad efímera. Para ser aproximadamente cien años, es eterna, pero en comparación con el resto del universo, es una chispa de luz. Y como seres humanos, de esos cien años probablemente gastamos cerca de la mitad limitados a nuestras capacidades por nuestros propios pensamientos, o bien encerrados en nuestros círculos sociales y culturales sin dar un paso afuera de ello. Cada día que pasa, se siente como las células van muriendo, las canas van saliendo, la energía disipando, y uno se aferra a ese deseo de haber salido más de alguna vez de ese círculo y pertenecer a algo más, algo distinto. Y justo en esos momentos donde caló el pensamiento de insatisfacción profunda, muy pocos reaccionan a su inconformidad y hacen. A última hora, pero hacen.

¿Han pensado alguna vez que probablemente la emoción que da hacer las cosas de último momento a veces es porque ciegamente te llena de vida, y da pauta a las cosas importantes, y te hace sentirte por un breve instante en el centro del todo? Yo he estado en ese estado múltiples ocasiones en mi vida, donde antes existía una pasividad que reinaba en mi subconsciente, y no había mayor movimiento neuro-sensorial, por más que la vida me alertara de los problemas a mi alrededor. Pero luego con un pasar de horas, me percaté que el problema de estar en un ambiente pasivo no era el ambiente mismo, era yo. Era que dentro de mi se estaba muriendo la pequeña y frágil llama de la necesidad, de la ambición, de la satisfacción de sentirme parte de algo, de ser autosuficiente, autonecesario, autosatisfactorio.

En cuestión de minutos, lo que era yo, dejó de ser. Ahora me encontraba con un personaje nuevo, con ideas frescas que surgieron de las telarañas del aburrimiento. Donde mientras el mundo me decía "he aqui el final del todo" yo con coraje pensaba y gritaba dentro de mi "¡Si lo que realmente es, es el inicio de la nada!". Y se sentía agradable, estar en ese cero para partir de nuevo.

A veces la vida es un arrastre, donde tu eres el pez, y la rutina el pescador. Te puedes tomar del anzuelo, y saborear la carnada, pero sentirás ese jaloneo que te tiene atrapado: es la rutina la que quiere que vayas con ella, para que seas el festejo de otros aprovechándose de ti por lo que ellos necesitan, no por lo que tu has venido a dar. Sabrás entonces que no todo pez que muerde el anzuelo se lo lleva el pescador. No todo arrastre tiene una corriente y va en una dirección. ¡Existe la dirección opuesta! Es la que más duele tomar, es la que muchos ni se dignan en recorrer, y que podría costarles un pedazo de ellos, que se quede atrás en el anzuelo, pero el resto de tí estará intacto. Al final los pescadores recuerdan más aquel pez que se fue de sus manos, que el otro ciento que se devoraron de cena.

El último momento de todos los eventos en la vida, es donde se culminan las mayores satisfacciones: donde salen las estrellas, donde explotan las fugaces, donde se alumbran los caminos, donde se encuentran los amantes, donde se cruza la meta, donde se lleva el premio, donde sonries a la causa, donde abrazas lo intangible, donde aceptas los errores, donde te remites a las consecuencias, donde lloras la desdicha, donde encuentras lo perdido, donde cierras tus ojos como luceros en la alborada, y abandonas la vida, para comenzar el sueño eterno.

El principio y el final son solo métricas, lo que ocurre en medio de ellas es lo que se contabiliza. Lo que vale es llegar al final habiendo siempre iniciado.