lunes, 11 de octubre de 2010

Crónica de un Secuestro Anunciado

Un día de septiembre como cualquier otro, me levanté por la mañana a recoger el matutino que me entregan a la puerta de mi casa. Sin embargo ese día en especial, debajo del periódico encontré una carta blanca, sellada con sello fiscal dirigida a mi persona. Curioso por ver el contenido, dejé el periódico a un lado y me senté cómodamente, abriendo con ansiedad la carta.

Leyendo rápidamente entre la fecha y la introducción, comencé a entrar en pánico cuando leí que era una carta enviada por el fisco, solicitando mi presencia en sus oficinas centrales con papelería correspondiente al ciclo fiscal del año anterior para una auditoría. Internamente dentro de mi pensé: ¡Qué extorsión! Si toda mi declaración de impuestos la hice a conciencia e incluso todavía pagué una diferencia considerable por no lograr la meta fiscal.

Con sentimientos encontrados, me preparé al día que me citaban. Un acordeón lleno de pequeños papelitos sería mi única evidencia de mi rectitud y honestidad. Sin embargo, sabía de antemano que ya llevaba las de perder. Ya hubiera querido ser Sherlock Holmes para deducir evidentemente que todo esto sería un secuestro anunciado de mis ahorros monetarios.

Me senté enfrente de un tipo, que vestía camisa de rayas y una corbata tapizada en pines de oro y plata, y un semblante serio cual de un perfecto extorsionista. Tomó mis documentos y tras unos minutos de usar la declaración como índice de contenido, me subrayó 5 líneas distintas. "Muéstreme por favor las facturas que le he delineado" - me dijo, con una leve sonrisa pícara escondida entre cachetes. Abrí mi acordeón y comencé la búsqueda exhaustiva de dichos papelitos. En mi cabeza solo rondaba la imagen de un secuestrador y su víctima buscando la forma de lograr su libertad. Las llamadas, el desvelo, los abusos de autoridad. El tipo no tenía un arma apuntándome a mi cabeza, pero se sentía tanto como si lo hiciera.

Encontré las facturas y se las presenté una por una en su escritorio. Luego de un análisis minucioso, me pregunta "¿Podría decirme como es posible que haya tenido un consumo de (un número de cuatro dígitos) en un restaurante?" Yo le indiqué que la situación fue una reunión entre amigos en las cuales nos juntamos bastantes lo cual hizo que el consumo fuera ciertamente mucho más alto de lo considerado "normal" en una cena. Con un aire de incertidumbre a mi respuesta, continuó en los siguientes documentos, haciendo un breve interrogatorio con cada uno de ellos. El más memorable fue un documento que en mi prisa de entregar dicha declaración al fisco, ingresé el monto sin utilizar puntos decimales, a lo cual resultó siendo una cifra muchísimo más alta de la original.

Me entregó los documentos de regreso y se dirigió a su calculadora financiera, que tronaba y rechinaba con cada teclazo que le daba, imprimiendo poco a poco el monto final de mi rescate. Cuando me entregó el pequeño papelito en rojo, sentí que se me iba la vida de mis manos. Era sin duda alguna, un vil secuestro de mis ahorros en vista de que, además de cobrar el monto de mis errores, se le agregaron una serie de múltiplos que correspondían a moras, intereses, multas, gastos de escritura, comida para su perro, pensión alimenticia para su esposa y su marimba de hijos, cambio de automóvil a un modelo más reciente, entre otros. Bueno, no fue así exactamente, pero se sintió como tal.

Me tuve que resignar a entregar el dinero del rescate, el cual fue recibido con prontitud por una cajera que todavía fingió tener una sonrisa por querer aliviar mi molestia. Una vez entregada la mercancía me dije a mi mismo "Bueno, al menos ya puedo recobrar mi libertad nuevamente".

El problema, mi estimado lector, es que la triste historia de este secuestro desafortunadamente no tiene ni tendrá un final feliz, y le explicaré por qué: Mi libertad nunca fue recobrada. Estos extorsionadores no son nada más que peones de un juego de ajedrez muchísimo más complicado. A pesar que ya tienen parte de mis ahorros que han sido fruto de mi desempeño, sudor y largas horas de trabajo, la extorsión podrá no continuar sino hasta el siguiente año, y mientras tanto no solo tengo que velar porque no me ocurra de nuevo, sino adicionalmente se supone que mi pago del rescate cubre un monto correspondiente a mi seguridad física, a mi transporte diario, a la educación de mis hijos, a la salud de mi familia y mía, y todo esto NO ES CIERTO. Camino por la calle con temor de que me asalten, con temor de recibir una bala por entregar de mal humor mis pertenencias. Temo a enfermarme o accidentarme porque una vez cruce las puertas de ese hospital, seguramente salgo de allí guardado en una caja de cedro. No puedo utilizar el transporte público porque no llego a tiempo, tengo que pagar un poco al piloto y el 200% al sospechoso que de repente se levantó de su asiento con un arma en la mano y pidió limosna a punta de pistola. Y si uso mi automóvil, todo lo que menciono anteriormente ocurre de la misma forma. Es un círculo vicioso y maligno de nunca acabar.

Aprendí a que vivo entonces en un país donde mi labor de ciudadano es no aferrarme a las cosas materiales, porque aparentaría que no soy dueño de ellas del todo. Aprendí que debo ser personalmente el educador de mis hijos, porque si lo dejo a las manos de esta gente, tendré un legado de idiotas. Aprendí a mantener mi salud lo más íntegra posible, para no perder mi vida en la sala de un hospital, a la espera de mi salvación que nunca llegaría. Y sobre todo aprendí que estos extorsionadores se hacen pasar por la justicia ciega, pero no son más que otra banda de lobos vestidos de cazadores.

Lo que no he aprendido aún es a resignarme de que lo que por ahora se siente como extorsión, algún día podría sentirse como un orgullo y una satisfacción hacer. No es lo mismo entregar algo voluntariamente, que te lo quiten a la fuerza.

Ahora mis días ya no son lo mismo, ya que me levanto todas las mañanas con cierta paranoia esperando no recibir debajo del periódico, la carta de un secuestro anunciado.

1 comentario: