La vida es una eternidad efímera. Para ser aproximadamente cien años, es eterna, pero en comparación con el resto del universo, es una chispa de luz. Y como seres humanos, de esos cien años probablemente gastamos cerca de la mitad limitados a nuestras capacidades por nuestros propios pensamientos, o bien encerrados en nuestros círculos sociales y culturales sin dar un paso afuera de ello. Cada día que pasa, se siente como las células van muriendo, las canas van saliendo, la energía disipando, y uno se aferra a ese deseo de haber salido más de alguna vez de ese círculo y pertenecer a algo más, algo distinto. Y justo en esos momentos donde caló el pensamiento de insatisfacción profunda, muy pocos reaccionan a su inconformidad y hacen. A última hora, pero hacen. ¿Han pensado alguna vez que probablemente la emoción que da hacer las cosas de último momento a veces es porque ciegamente te llena de vida, y da pauta a las cosas importantes, y te hace sentirte por un breve instante en el centro del todo? Yo he estado en ese estado múltiples ocasiones en mi vida, donde antes existía una pasividad que reinaba en mi subconsciente, y no había mayor movimiento neuro-sensorial, por más que la vida me alertara de los problemas a mi alrededor. Pero luego con un pasar de horas, me percaté que el problema de estar en un ambiente pasivo no era el ambiente mismo, era yo. Era que dentro de mi se estaba muriendo la pequeña y frágil llama de la necesidad, de la ambición, de la satisfacción de sentirme parte de algo, de ser autosuficiente, autonecesario, autosatisfactorio. En cuestión de minutos, lo que era yo, dejó de ser. Ahora me encontraba con un personaje nuevo, con ideas frescas que surgieron de las telarañas del aburrimiento. Donde mientras el mundo me decía "he aqui el final del todo" yo con coraje pensaba y gritaba dentro de mi "¡Si lo que realmente es, es el inicio de la nada!". Y se sentía agradable, estar en ese cero para partir de nuevo. A veces la vida es un arrastre, donde tu eres el pez, y la rutina el pescador. Te puedes tomar del anzuelo, y saborear la carnada, pero sentirás ese jaloneo que te tiene atrapado: es la rutina la que quiere que vayas con ella, para que seas el festejo de otros aprovechándose de ti por lo que ellos necesitan, no por lo que tu has venido a dar. Sabrás entonces que no todo pez que muerde el anzuelo se lo lleva el pescador. No todo arrastre tiene una corriente y va en una dirección. ¡Existe la dirección opuesta! Es la que más duele tomar, es la que muchos ni se dignan en recorrer, y que podría costarles un pedazo de ellos, que se quede atrás en el anzuelo, pero el resto de tí estará intacto. Al final los pescadores recuerdan más aquel pez que se fue de sus manos, que el otro ciento que se devoraron de cena. El último momento de todos los eventos en la vida, es donde se culminan las mayores satisfacciones: donde salen las estrellas, donde explotan las fugaces, donde se alumbran los caminos, donde se encuentran los amantes, donde se cruza la meta, donde se lleva el premio, donde sonries a la causa, donde abrazas lo intangible, donde aceptas los errores, donde te remites a las consecuencias, donde lloras la desdicha, donde encuentras lo perdido, donde cierras tus ojos como luceros en la alborada, y abandonas la vida, para comenzar el sueño eterno.
El principio y el final son solo métricas, lo que ocurre en medio de ellas es lo que se contabiliza. Lo que vale es llegar al final habiendo siempre iniciado.
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